John Christopher Depp nació en Kentucky y se crió en
Florida, donde desarrolló un prematuro interés por la música, la cual sigue
siendo su pasión. Muchos de sus mejores amigos son músicos, y él mismo es un
talentoso guitarrista. Su banda, de nombre Kids, tuvo cierto éxito a principios
de los ochenta e hizo que Depp se mudara a Los Ángeles. Una vez que la banda se
desintegró, Depp quiso probar suerte como actor. Él ha demostrado ser uno de
los actores más versátiles y populares de su generación. Ha trabajado varias
veces con Tim Burton en cintas como Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney
Todd: The Demon Barber of Fleet Street, Alice in Wonderland y Dark Shadows. Es
un actor exitoso que ha ganado millones de fans en el trayecto al interpretar
al capitán Jack Sparrow en las cuatro cintas de Piratas del Caribe, así como al
participar en las películas Edward Scissorhands, Ed Wood (ambas con Tim
Burton), Chocolat, Blow, The Libertine, Public Enemies, Finding Neverland, The
Rum Diary y The Lone Ranger.
Johnny Depp: Es
un tema bastante emocionante en general. Existen varias cosas que van de la
mano con la fascinación, tal como ocurre en el efecto dominó. El
deslumbramiento con la idea de la tecnología y de lo que somos capaces de
hacer, lo asombroso que es que el hombre haya llevado a la tecnología tan
lejos, y, a su vez, cómo la tecnología ha llevado al hombre tan lejos, además
de aquello de lo que somos capaces a través de la ciencia y la tecnología más
avanzada. Así que tenemos esto y su contraparte, las personas, de las cuales
nueve de cada diez está informada gracias a los medios de comunicación y a la
inmediatez de éstos. Hoy en día tenemos el poder de convertirnos en nuestro
propio dios, de alguna forma, si lo tuerces de ese modo (risas). Y de eso se
trata. Eso fue lo que me llamó la atención de este proyecto, y espero que
suceda lo mismo con los espectadores.
D: ¿La cinta cambió en algo tu opinión?
J.D.: Al
considerar la velocidad a la que avanza la tecnología, en definitiva hay
cuestiones que debemos tomar en cuenta, como a qué entidad está conectado este
tipo de tecnología y de qué clase de poder se trata, y si esta persona o
entidad está en la posición de hacer lo que le plazca, porque de ser así
estaríamos creando a un dios. Estás fabricando a un dios que puedes controlar.
Lo abarca todo y… ¿qué hay del tipo que controla esa caja, esa máquina, esa
PINN, esa computadora, qué efecto tiene el poder en él? ¿Qué efecto tiene el
poder en cualquiera de nosotros? ¿Nos sobrepasa? ¿Nos sentimos enfermos de
poder? ¿Llena algo en nosotros? ¿Hay acaso una pequeña célula dentro de
nosotros esperando surgir una vez que tenemos esa confianza o habilidad?
¿Ese algo se despierta y dice: “p#&* ma… puedes hacer lo que sea”? O dice:
“Bueno, actuaré con responsabilidad aquí”. Está en nuestra mente. El viaje
de poder, el viaje de dios, es probable que enfrentes ese reto.
D: ¿Crees que actualmente exista alguien en el mundo que pueda
actuar razonablemente al tener ese poder?
J.D.: Ése
es el asunto, históricamente, nadie lo ha hecho (risas). Nadie lo ha hecho
porque vivimos peleando por ver qué dios es el mejor y el más fuerte. “Ah, ¿le
faltas el respeto a mi dios? ¡Pues jódete!”
D: La cinta también plantea la pregunta de qué tan lejos llegarías
por salvar la vida de un ser querido. Y ésa es una pregunta con la que todos
nos sentimos identificados, ¿cierto?
J.D.: En
la película se nos pregunta: “¿Qué tan lejos irías tú?”. Y casi siempre cada
uno de nosotros responderá: “Hasta el jodido final”. Si hubiera algo disponible
para salvar la vida de alguien, ¿romperíamos la ley para hacernos de esa
tecnología, de forma ilegal, y salvar así la vida de un hijo? La respuesta es
la siguiente: “Por supuesto que lo haríamos”.
D: Entonces, ¿te
resistes a la tecnología?
J.D.: No
sé, todos estamos obligados a usar la computadora al menos unas horas al día
pero, por ejemplo, a mí todavía me gustan los libros. Me gusta sentir el libro,
tocar el papel. Y el camino que ha tomado el cine… las cintas en 35 mm casi
desaparecieron, ahora todo es digital tanto en el cine como en la música. Con
los libros llegará a suceder pronto que nos preguntemos: “¿Qué es eso? Unas
cajitas con papel adentro, ¡qué idea tan estúpida!”. Puedes descargar Moby Dick
en tres segundos (ríe) ¡Es una locura! ¡Me declaro culpable! Cuando estás
haciendo investigación de algunas películas, te haces de unos quince libros.
Luego llega alguien con un Kindle mientras te dice: “Toma, descargué unos
libros para ti”. Y tú respondes: “Muy bien”. Igual que un niño con su osito
Teddy, yo todavía tengo que cargar con algunos libros. Quizás un T.S. Eliot de
bolsillo o algo. No me siento bien si no lo tengo cerca.
D: ¿Y qué tal fue tu
desempeño en esta cinta? Porque pasas la mayor parte del tiempo siendo una
imagen en una pantalla.
J.D.: Fue
un reto bastante interesante. Yo estaba en otra área, lejos de Paul (Bettany) y
de Rebecca (Hall) cuando hacían sus escenas. Yo me encontraba en una habitación
oscura con una videocámara, hablándole a la lente, pero dirigiéndome a Paul y a
Rebecca. Jamás lo había hecho. Creo que aislarme fue una gran idea de Wally
(Pfister). Me tenía en una habitación oscura con un foco y una cámara, así que
mi trabajo fue prácticamente en esa habitación, mirando la lente de la cámara,
hablando con Morgan (Freeman), con Rebecca, con Cole (Hauser).
D: ¿Crees que esa
desconexión fue útil?
J.D.: Creo
que sí, el aislamiento ayudó bastante, no necesariamente en el plano emocional
o psicológico sino en lo que respecta a la forma en la que uno le habla a
alguien a través de una pantalla. Es un animal completamente distinto, se trata
de un mundo diferente.
D: ¿Qué tal resultó
Wally en su debut como director, disfrutaste trabajar con él?
J.D.: ¿Sabes
qué? Tiene tanta experiencia en el mundo del cine, que posee un gran cúmulo de
conocimientos. Llegó el primer día, ondeando las pistolas como todo un ganador,
feliz y dispuesto. Tenía una espléndida actitud en el set y sabía
exactamente lo que quería. Era genial. Jamás me habría dado cuenta de que se
trataba de su primera vez como director. Siempre estuvo por encima de todos los
niveles subterráneos de la escena. Cuando llegaba, había hecho su tarea, estaba
listo para empezar temprano. Estar ahí fue grandioso y emocionante.
D: ¿Qué tal fue
trabajar con el resto del elenco?
J.D.: Bettany
es una de las personas más increíbles del mundo. Y también es uno de los más
inteligentes y simpáticos que conozco. Wally y yo hablamos de ese personaje, y
me parece que no hay nadie más interesante que él para interpretarlo. Luego,
Rebecca Hall llegó con un montón de opciones interesantes y una sonrisa
confiada. Era una persona muy amable con todos y era agradable estar cerca de
ella. Se trató de un buen elenco y no es algo que suceda con frecuencia, ríe.
Me divertí muchísimo con Rebecca y Paul y, de hecho, una de las razones por las
que quise involucrarme en el proyecto, además de mi relación con Wally y el
tema de la película, fue que tenía la oportunidad de recordar cuando conocí a
Morgan Freeman, hace unos diez años. Siempre había querido trabajar con Morgan,
es muy sabio. Es una leyenda. Haber trabajado con él es una de esas experiencias
que me acompañará de por vida.
D: ¿Te gustaría
vivir eternamente?
J.D.: Creo
que no me gustaría. Si se les ocurre alguna manera de viajar en el tiempo,
cuenten conmigo, porque me gustaría regresar a la década de los veinte y dar la
vuelta por París, o quizás a principios de 1800 para seguir a Poe de un lado a
otro. Si tuvieran esa tecnología estaría genial y definitivamente querría
participar, pero vida eterna, no gracias (risas). No tengo problemas con
estirar la pata.
D: ¿Crees que es
romántico pensar en la naturaleza finita de la vida?
J.D.: Exacto.
Es por eso que siempre somos mejores cuando nos tienen acorralados, sacan lo
mejor de nosotros. Nuestro trabajo es mejor porque todo surgió en medio de la
presión y lo superamos. Creo que eso mismo sucede con la vida. El poder
apreciar a diario y cada día pensar: “Soy muy afortunado, estoy leyendo. Todo
está bien, todos están bien”. De verdad pienso que todos los días son un gran
regalo. Hay cierta simetría, cierta poesía en ser finitos.
D: ¿Aún disfrutas el
trabajo?
J.D.: Me
encanta el proceso, de verdad: darle vida a un personaje, que se te ocurran
cosas y las puedas incorporar a tu personaje. El proceso es maravilloso, es lo
demás. Y siempre será un poco extraño. Que te observen, me imagino, que te
sigan (risas). Creo que estoy llegando a un punto en el que pronto querré dar
una caminata de unos cuantos años, para organizar mis ideas, supongo, y para
darme el tiempo de averiguar de qué se trata, porque no lo he hecho en muchos
años. No sé, he pensado: “Quizá debería retirarme (y quizá sí debería), pero
hay un par de películas que quiero hacer todavía”. La última que hice
representó una de las mejores experiencias que he tenido. Se llama Mortdecai y
la hice con David Koepp. Fue un libro que me fascinó y que tuve muchas ganas de
convertir en película y rendirle homenaje a tan buena historia. Y pudimos
hacerlo después de ocho años. El nombre del autor es Kyril Bonfiglioli. Uno de
los libros lleva el título La trilogía Mortdecai, y el otro es El gran misterio
del bigote de Mortdecai. Si pudieras compararlo con algo es como si fuese P.G.
Wodehouse en un viaje de ácido (risas), o al menos muy borracho.
D: ¿Y tu documental
de Keith Richards?
J.D.: Estoy
esperando el momento apropiado para sacarlo. Quiero encontrarle casa como se debe
y cuidarlo como lo he hecho estos años.
Esta entrevista fue publicada en el sitio web de la revista DEEP

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